Hablamos con Jorge Sebastián Lozano (Fundación Mainel)
19 December, 2025
Jorge Sebastián Lozano, además de profesor titular en el Departamento de Historia del Arte en la Universitat de València, está profundamente implicado en la labor de promover la cultura desde el respeto y la comprensión. Su trabajo como profesor, investigador, historiador y colaborador en múltiples eventos y proyectos tiene un impacto innegable.
Hoy, nos centramos en su labor como presidente de la Fundación Mainel, cuyo objetivo es promover la cooperación internacional, la educación y la cultura de manera sostenible e inclusiva.
Cuéntenos la misión e intereses principales de la Fundación Mainel ¿a través de qué inquietudes fue fundada?
Mainel nace de un matrimonio valenciano, Don José Rodrigo y Doña Carmen Orts, quienes quisieron tener una hija y que su hija fuera una fundación que estuviese activa en sus dos áreas de interés. A Don José, radiólogo, le interesaban las cosas sociales y Doña Carmen quiso hacer algo que ayudase a los jóvenes, particularmente a los jóvenes artistas. Rodeados de un grupo de amigos de confianza lanzaron entonces, en 1990, una fundación llamada Mainel. Durante los primeros años no hubo muchísima actividad, pero luego empezaron a hacer cosas en el área cultural, sobre todo. Se constituyó un premio para jóvenes artistas y algunas conferencias y actividades culturales. Más adelante, en 2000, es cuando Mainel se registra como ONG ante la Agencia Española de Cooperación al Desarrollo.
En la Fundación Mainel se aspira a un mundo en el que los derechos humanos sean universales, en el que realmente puedan llegar a todas las personas. Y también en el que lo material no sea lo principal, para que la gente pueda acceder a una vida digna en la que se respeten sus derechos. En Mainel nos dedicamos a dos ámbitos y teníamos que establecer una visión que los recogiera a ambos. Lo que une las dos áreas de acción es la satisfacción de necesidades humanas básicas, que, aunque incluyan lo material, van más allá. Por ello, desde nuestro punto de vista, lo cultural afecta a necesidades espirituales y la cooperación al desarrollo intenta incluir siempre componentes formativos, porque consideramos que la mejor manera de ayudar a las personas es mejorar su educación. Para ello, la parte de cooperación al desarrollo la desarrollamos en países del sur global y las actividades culturales, fundamentalmente, en España y la gran mayoría en Valencia.
Nuestra misión es que las personas no dependan de nosotros, sino que les demos medios para que ellas mismas sean las protagonistas de su propio desarrollo.
¿Qué impacto ha tenido, tiene y pretende tener la Fundación? ¿Puede darnos algún ejemplo de proyectos que considera que haya tenido un mayor impacto de transformación?
Lo primero que quizás habría que decir es que la medición del impacto cuando se trata del desarrollo humano es un tema intrínsecamente complejo, sobre todo al tratar de temas culturales, ya que poner indicadores en la dimensión espiritual del ser humano es muy complicado.
Pero yo diría que nuestras actividades culturales han permitido que haya habido una continuidad año tras año. Llevamos treinta años organizando actividades culturales en Valencia y nuestra actividad más importante son los coloquios de cultura visual contemporánea, unos encuentros que hacemos todos los años en noviembre. Han participado muchos premios nacionales de artes plásticas y están muy consolidados. Y, en este sentido, esa continuidad nos parece que es un logro y nos consta que tiene un impacto positivo. Lo mismo se puede decir de nuestro premio de pintura, que ya va por veintiocho ediciones y pronto convocaremos la vigésima novena, y de nuestro premio de cuentos para escolares de secundaria y bachillerato.
El momento más difícil fue la crisis del 2008, ya que muchos proyectos culturales desaparecieron o, al menos, entraron en paréntesis, pero la Fundación mantuvo sus actividades inalteradas y hemos podido contar con participantes que están ya consolidados.
Por su parte, el ámbito de cooperación sí ha crecido muchísimo dentro de Mainel. Trabajamos con veinte entidades sociales del sur y, a través de todo tipo de proyectos, podemos decir que más de cien mil personas se han visto beneficiadas, de maneras muy diferentes. Estas cien mil personas incluyen gente que se ha formado puntualmente en algún tema, gente cuyo centro educativo o calidad educativa ha mejorado radicalmente o incluso agricultores cuya capacidad productiva y comercial ha mejorado mucho. También hemos trabajado con maestros que han recibido formación didáctica y mujeres con las que hemos trabajado el empoderamiento para darles más oportunidades.
Si tuviera que señalar un proyecto que tenga un mayor impacto de transformación, sería un programa multisectorial con el que llevamos trabajando ya bastantes años en Piura, Perú. Gracias a la ayuda de la Universidad de Piura y una ONG llamada FIAD, trabajamos en la sierra peruana, en un lugar con unas condiciones de pobreza muy graves. La verdad es que nuestro socio local hace un trabajo espectacularmente bueno y allí ayudan, por un lado, a agricultores a mejorar no solamente su producción, sino su nutrición y la de sus familias. También apoyamos a las autoridades locales y municipales a consolidar sus estructuras y la formación de su personal y, además, profesoras de derecho de la Universidad de Piura viajan hasta la sierra a dar formaciones sobre prevención de la violencia de género o igualdad de género.
Es por ello por lo que estas intervenciones, por las dificultades materiales y por el compromiso del socio local, me parecen que son un excelente ejemplo del impacto que se puede tener.
Los derechos humanos y la cultura son dos de los ámbitos fundamentales de trabajo de la Fundación, ¿Cuál cree que es el lugar de los jóvenes en la promoción de la cultura y de los derechos culturales?
Es una pregunta grande, y mi primera respuesta sería que depende del contexto y depende del lugar, lógicamente.
Empezando por los proyectos en el sur, uno de nuestros criterios siempre es trabajar con los jóvenes. El componente educativo siempre está presente en nuestros proyectos, porque apostamos por las personas y la educación es lo más sostenible que hay. Es cierto que invertir en jóvenes no da resultados tan inmediatos y que, además, no suelen ser tan visibles, pero, aun así, nos parece totalmente fundamental apoyar a los jóvenes apoyando su educación.
Una cosa que hemos detectado, tanto en otros países como aquí, es que las formas tradicionales de vida tienen que ver con las artesanías. Y un problema muy recurrente es que los artesanos no cuentan con un relevo generacional. Esto no implica imponer que los jóvenes no tengan la libertad personal de decidir a qué se quieren dedicar, sino que implica que los propios jóvenes no ven las artesanías como una vía personal y profesional de consolidación en la vida. Lógicamente, esto se da en un mundo con relaciones comerciales globales y con una innovación tecnológica muy acelerada, por lo que muchas de esas artesanías que tradicionalmente desempeñaban un papel funcional, útil y valioso, ya no son tan funcionales. Pero lo que es cierto es que, si se pierden estas artesanías, no solamente se pierden unas vías de mantenimiento, sino que también se pierde un patrimonio cultural, material e inmaterial.
Precisamente por todo esto es por lo que en la Fundación hemos detectado que, siendo el mayor problema la ausencia de relevo generacional, es posible ayudar a que el trabajo artesanal se actualice aplicando otras vías de innovación y aplicando herramientas digitales, para que, de alguna manera, se acerque más a los intereses de los jóvenes y quieran intentar aplicar parte de su herencia cultural a medios de fabricación más actuales.
También invitamos a los jóvenes a escribir relatos, a que reflexionen sobre los derechos humanos y los valores y a darse cuenta de que aquí también hay grandes retos para ellos. En este sentido, sí que llamamos a los jóvenes a implicarse.

La educación cultural y artística es uno de los ámbitos del derecho a la educación y de los derechos culturales en el que aún queda recorrido; ¿Cómo podemos avanzar sobre esta cuestión en la educación no formal y formal? ¿Tenéis alguna experiencia inspiradora en este sentido?
En primer lugar, sería deshonesto por nuestra parte negar que, en las profesiones creativas, normalmente, hay una precariedad muy grande. Yo esto solía explicarlo con una metáfora frecuente, en la que solía decir que desde que la gente termina la carrera de bellas artes hasta que tiene una profesionalización estable para su obra artística, hay unos años de “valle de la muerte”. Entonces, el premio de cultura de la Fundación es una gota en ese océano de poder ayudar a algunas personas; para seguir produciendo, seguir formándose, ir ganando un prestigio, una visibilidad, etc.
Solemos hacer bastante énfasis en esta problemática y convocamos eventos que tienen que ver con la profesionalización de la cultura. Nos parece muy importante centrarnos, no solamente en los aspectos creativos o inspiradores de crear arte, sino también en el derecho que tienen los artistas de ganarse la vida haciendo lo que hacen.
Por otro lado, en nuestros proyectos de cooperación en el extranjero, invitamos, no imponemos, a nuestros socios a pensar si podrían incluir algún componente cultural también en sus propuestas. Esto lo trabajamos, por ejemplo, en un proyecto en El Salvador en colaboración con otra ONG llamada Cesal, ya que su principal objetivo era un trabajo de prevención de la violencia juvenil y nosotros les propusimos añadir un componente creativo sobre la creatividad, la creatividad literaria fundamentalmente. Arrancamos entonces con un taller titulado “Tú también puedes ser novelista”, mediado por Miguel Ángel Jordán, que enfatizaba que todos tenemos historias que contar e historias que imaginar. Los resultados fueron fantásticos y se demostró que lo cultural también forma parte del desarrollo humano.
En un contexto global marcado por desigualdades y crisis, ¿Qué papel puede desempeñar el arte, la cultura y la creación audiovisual como herramienta para visibilizar vulneraciones de derechos y promover una cultura de paz y justicia?
Yo creo que el arte puede jugar dos papeles diferentes en este sentido. Por un lado, muchas veces, nuestro enfoque hacia el arte y la creatividad es un enfoque instrumental. Se puede utilizar el arte o artistas para crear publicidad y que el producto tenga más éxito, lo cual me parece necesario en ocasiones. Es una mirada hacia lo artístico puramente instrumental y hay montones de esfuerzos comunicativos que, gracias a un aporte creativo o a un aporte artístico, mejoran muchísimo y tienen más impacto, lo cual creo que está genial.
Por otro lado, a un nivel más profundo, yo estoy convencido personalmente y en la Fundación lo estamos también, de que el desarrollo humano sin cultura está incompleto. Ya hace un tiempo que se viene revindicando un cuarto pilar de desarrollo (además de la sostenibilidad medioambiental, la económica y la social) relativo a la sostenibilidad cultural.
Y es que, aunque es cierto que nuestra vida tiene que ser económicamente viable, también tiene que ser culturalmente sostenible. Esta visión es muy amplia e implica el respeto a todas las culturas y a la cultura propia.
Quizás muchos pensamos que no tenemos nada de creativo en nosotros. Quizás un análisis un poco más profundo demostraría que eso no es así. Pero, en cualquier caso, todos podemos disfrutar, aprender y mejorar gracias a la creatividad de las personas. Y eso es parte de la vida. Eso es lo que nos alimenta.
En resumen, lo cultural es imprescindible y debe de ser parte de cualquier intervención de desarrollo que pretenda ser eficaz y duradera y es lo que nosotros, a nuestra manera, intentamos poner en práctica.
Garazi Macho. Máster en Derechos Humanos, Paz y Desarrollo Sostenible por la Universitat de València. https://es.linkedin.com/in/garazi-macho-jiménez-73b77133b
Imágenes: Fundación Mainel
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