¿Qué papel juegan las redes sociales en el desarrollo de una cultura de paz?

Las redes sociales han pasado en poco tiempo a formar parte del día a día de una parte considerable de la población, aunque principalmente se percibe entre los/las más jóvenes. Es difícil encontrar a una persona menor de 30 que no tenga ninguna red social, debido a que el cambio en las formas de comunicación tiene un poder coercitivo que genera que, aunque en un primer momento algunas personas puedan mostrar cierto rechazo a las redes sociales, por el interés en socializar y sociabilizar se acaba extendiendo su uso.

Las redes sociales generan cambios importantes en las personas, desde la forma de comunicarnos y relacionarnos hasta la manera en la que procesamos la información. No obstante, hay un aspecto que afecta directamente a la creación de una cultura de paz, un aspecto vinculado a los cambios en el contenido y en la información que se difunde de manera masiva a través de estas redes.

Espacios como Instagram, X (Twitter), Facebook o TikTok pueden parecer a priori una suerte de sistema similar a un medio de comunicación, pero con una estructura diferente: la información está menos mediada, menos procesada, es más directa. Esto genera una creencia de tener acceso a “la verdad” de forma no manipulada, y es que la ausencia de filtros y mediaciones parece permitir conocer mejor el mundo que nos rodea. Desde este marco y junto a la anonimia que facilitan estos espacios, la disposición para conocer realidades de personas que están viendo vulnerados sus derechos por un conflicto armado, víctimas de violencia de género, de explotación laboral etcétera puede ser, y hasta cierto punto es, mucho mayor que en la era pre-redes sociales.

La creación de contenido en defensa de los Derechos Humanos y cualquier reivindicación de lucha por la paz parece relativamente sencilla en este marco, donde la accesibilidad y el poder de difusión llega a prácticamente todos los estratos de la sociedad. Sin embargo, en este mundo idílico donde cualquier persona tiene posibilidad de extender su discurso de forma abierta y “libre”, existen otros factores a tener en consideración.

Por una parte, no se pueden obviar los intereses de las personas que dirigen estas redes, ya que el algoritmo que decide qué mostrar a cada usuario se ha creado en base a sus intereses particulares. La decisión de los contenidos que pueden ser censurables está en sus manos, así como la información que se muestra, lo que posibilita la extensión de discursos de odio y de discriminaciones a minorías. Esto da lugar a una degradación de la información que supone graves consecuencias para la democracia (en el caso de las últimas noticias que se están conociendo sobre las medidas de los dirigentes de meta y X se ve de forma directa), por no hablar de la cultura de paz.

Este mismo algoritmo y los intereses particulares que oculta, llevan también a una personalización del contenido sofisticada y a su vez peligrosa. Más aún cuando incluso parte de ese contenido personalizado, por esa misma ausencia de filtro que antes parecía positiva, nos muestra información manipulada, sesgada y en ocasiones incluso completamente inventada. Todo esto deriva en un problema de polarización, no ya sólo ideológica, sino también afectiva, muy contraria a la eliminación de la violencia y a la construcción de una comunidad fuerte y basada en el mutuo respeto. En este sentido resulta pertinente y muy recomendable la lectura de la publicación El compromiso de la juventud con el desarrollo sostenible: Desmontando los discursos anti-Agenda 2030, publicada el pasado año en la colección Erronkak del Gobierno Vasco.

Por consiguiente, las redes sociales son un instrumento de comunicación de alcance masivo y directo que abre nuevas posibilidades hacia un horizonte de paz. La capacidad de difundir mensajes constructivos y lograr que calen, de dialogar entre pueblos y comunidades y de lograr una comunicación horizontal entre las personas (frente a una estructura más vertical y tradicional que vendría de los medios de comunicación tradicionales), nunca había sido tan grande. Sin embargo, no hay que desatender las enormes problemáticas que acarrean estas herramientas, donde la manipulación y la desinformación parecen el comportamiento hegemónico.

A pesar de ello, sin asumir, eso sí, la neutralidad de la herramienta, podemos ver cómo las redes sociales abren un camino que, si se articula una regulación y una conciencia crítica en la ciudadanía (mediante el contraste de datos, el análisis crítico de las fuentes y de la identificación de discursos cuestionables), puede al menos ayudar a dirigirnos hacia la consecución de una paz efectiva.


Unai Ortiz Urbizu. Alumno del grado en Filosofía, Política y Economía de la Universidad de Deusto. www.linkedin.com/in/unai-ortiz-858814217

Imagen portada: Freepik

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