El privilegio de la dignidad

por Amaia Conde Otxoa

“La interseccionalidad debe atravesar todas las luchas sociales del mismo modo que la dignidad las atraviesa, porque la dignidad es la base de todo bienestar.”

Cuando eres una mujer blanca, vasca, de 23 años, viviendo en Bilbao, con acceso a la universidad, hogar, familia, sanidad, vacaciones todos los años y la vida social que se espera a mi edad, cuesta arrancarse a escribir sobre el derecho a la dignidad sin sentirse un poco absurda y en una posición de privilegio frente a tantas y tantas personas.

En la pirámide jerárquica de esta sociedad desde luego que no estoy en la cima, ni en las esferas que la rozan. Pero gozo de derechos que, se supone, son de todas y para todas las personas por el sencillo hecho de serlo.

Lo cierto es que no hace falta ser muy astuta para darse cuenta de que estos derechos, parecen ser más bien privilegios. Privilegios que obtienes o no, en función de tus raíces, nacionalidad, raza, idioma, tu género y clase social, tu identidad sexual… en definitiva, en función de tu afinidad con el ideal hegemónico allá donde estés. 

En función de un imaginario construido hace tantísimos años, que resulta absurdo darse cuenta de cómo se perpetúa este sistema, que tiene como objetivo principal mantener los privilegios de unos pocos a costa del bienestar de una mayoría. 

Cuando un derecho se adjudica a dedo, entonces es un privilegio

Como bien digo, no hace falta ser muy astuta para darse cuenta de que a lo largo y ancho de este planeta, millones de personas no gozan del derecho a la dignidad

Es fácil olvidarlo e ignorarlo cuando se vive en una torre de marfil, aislado de todo contacto con la realidad social, de un barrio, de las calles. O cuando nada de lo que sucede te afecta porque tus privilegios de clase, raza, género o de cualquier tipo, no se ven afectados. 

Pero resulta terriblemente evidente, cuando desde bien jóvenes se nos presenta una sociedad dividida y jerarquizada, en la que un ente central (compuesto por señores ricos) dirige y manda, y a su alrededor (y de manera jerárquica), circulan diferentes esferas compuestas por personas clasificadas según su identidad.  

Así, la sociedad empuja fuera de los márgenes a toda persona que no cumple la norma y las expectativas del sistema deshumanizado. 


Todavía hay quienes niegan estas desigualdades, y la forma en que dañan y vulneran  los derechos más básicos de las personas, simplemente basandose en experiencias individuales como argumento, “porque a mi no me ha pasado” o “ya estamos en igualdad, ahora es tiempo de meritocracia”. La utilización de experiencias individuales que contradicen la norma, el recorrido histórico y las estadísticas, como argumento, no solo es egoísta, es además, absurdo.

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